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Por Alberto Quiroga
Artículo Publicado en la Revista Número 60 http://revistanumero.com/web/index.php?option=com_content&task=view&id=432&Itemid=39&catid=0
¿Por qué el cine colombiano es cómo es? ¿Por qué las historias del cine colombiano son como son? Las respuestas a estas dos preguntas podrían ser tan elementales como los siguientes: porque así es el cine que hacen o pueden hacer los guionistas y directores y productores, y así son las historias que buscan y escogen para llevar a la pantalla.
Alguna vez oí que alguien le decía a Víctor Gaviria que por qué no hacía otro tipo de películas, que dejara la obsesión por esos temas tan crudos y escabrosos, o que por lo menos dejara de hacer películas con actores naturales, que a la larga le salían tan caros por su inexperiencia, para que tuviera un mejor control del tiempo de rodaje, y sentí que ese alguien no tenía ni idea de lo que estaba hablando y carecía de la mínima comprensión acerca de lo que es una obra, ya fuera pictórica o literaria o teatral o cinematográfica. Ojalá que Víctor, uno de esos raros y escasos milagros que ha dado la cinematografía colombiana, encuentre un productor o varios que le permitan seguir creando una obra tan cruda, escabrosa y maravillosa como la que ha hecho. Porque pedirle a un autor que ensaye otro tema u otro método de creación es desconocer la fatalidad que hay en toda creación realmente viva y valiosa.
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ITINERARIOS DEL CINE EN COLOMBIA |
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Por Óscar Campo Artículo Publicado en la Revista Número 60 http://revistanumero.com/web/index.php?option=com_content&task=view&id=432&Itemid=39&catid=0
El nuevo arranque del cine colombiano en la presente década, pese a su crecimiento en el número de películas realizadas, no ha tenido un comienzo triunfal. En este mundo poniente de principios de siglo, las catástrofes y las desilusiones del pasado y del presente nos muestran un imaginario cinematográfico que repite de manera extenuante el mensaje de «no futuro» con el que había cerrado el capítulo del cine de los años ochenta.
Los dueños de los medios de comunicación, la Iglesia, las instituciones estatales, los voceros de los grupos políticos, organizan una opinión y una subjetividad que nos ratifican a diario una situación desastrosa que se ha convertido en algo como el clima del día, un «consenso degradado» (Alain Badiou). En especial, durante la presente década, los políticos conservadores nos proponen un cuadro completamente oscurecido de un país dominado por unas fuerzas terribles que tendríamos que eliminar para que todo funcionara mejor. Un país en el que existen unos buenos que deben eliminar a unos malos, ya que mientras esto no suceda estaremos condenados a soportar lo peor. Y la mayoría de la producción cultural que se hace hoy en el país participa también en este consenso, hace de comparsa a las políticas y las éticas generadas desde el poder, a veces en forma involuntaria, resignada a tener que aceptar un statu quo, el de una «democracia» en la que no existiría la posibilidad de un proyecto distinto.
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Por Manuel Arias Artículo Publicado en la Revista Número 60 http://revistanumero.com/web/index.php?option=com_content&task=view&id=432&Itemid=39&catid=0
Este es el país de las historias, desde la comedia hasta la tragedia, hechas por seres humanos, complejos, sórdidos, desconcertantes, curiosos, crueles, ingenuos, con una violencia inclasificable. La sala está llena, en la pantalla hay unas imágenes hipnóticas que generan sentimientos contradictorios; el público ríe, luego algunos lloran y otros guardan un silencio elocuente: es una película colombiana. Me despierto y descubro que se trata de una vulgar calumnia, entonces comienza la pesadilla: guiones.Para no dar una mala imagen del país, deberíamos decir que el cine que hacemos es maravilloso; hay que ver qué factura, la exitosa participación internacional, qué fotografía, el sonido, la publicidad, la comercialización. Se ha evolucionado mucho, hay escuelas de cine, se ha estudiado afuera, ya no es como antes… pero ¿y las historias? ¡No pregunte pendejadas que estamos haciendo una industria! Tenemos un cine carente de riesgo creativo, con personajes estereotipados y sosos, con un pobre enfoque de los temas pero, sobre todo, con historias aburridas y poco trabajadas.
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MÁS PELÍCULAS QUE PÚBLICO |
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Por Lisandro Duque Naranjo Artículo Publicado en la Revista Número 60 http://revistanumero.com/web/index.php?option=com_content&task=view&id=432&Itemid=39&catid=0 Nos halagaba a los cineastas colombianos, muchos años antes de que la Ley de Cine se hubiera promulgado, el hecho de que el número de espectadores de cuatro o cinco películas nacionales estrenadas anualmente fuera superior, en promedio, al promedio también de la cantidad de asistentes que concurría a más de un centenar de estrenos norteamericanos. Nunca, sin embargo, nos hicimos la ilusión de que, estrenando muchas más películas nuestras, esa ventaja estadística iba a crecer. En mi caso, era no sólo escéptico frente a esa hipótesis, sino que además no la deseaba, por temeraria. De hecho, por entonces éramos muy pocos los cineastas (buenos, regulares y malos —yo entre estos últimos—), y se me antojaba que de tener que abastecer una demanda súbita que nos desbordara como creadores —eso que pomposamente se llama «industria»—, nos derrumbaríamos todos como un castillo de naipes. Así que, cuando me asaltaba el optimismo, se me ocurría que si mucho de seis a ocho estrenos nuestros eran un tope ideal. No quería que se nos fuera la mano en la oferta, pues podríamos repetir la experiencia de cinematografías como la española y la argentina —y de muchos más países—, que por saltar de repente, como producto de conquistas legales de los cineastas, a tres veces más el número de largometrajes nacionales, terminaron repartiéndose entre todos ellos la misma cantidad de espectadores que en la víspera resultaban holgados y sostenibles para la tercera parte de las obras fílmicas. La quiebra, mejor dicho.
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LAS PARTITURAS DE LOS SUEÑOS |
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Por Humberto Dorado
Publicado en la Revista Número 60 http://revistanumero.com/web/index.php?option=com_content&task=view&id=432&Itemid=39&catid=0 Una preocupación para aquellos que quieran dedicarse genuinamente al cine es el tema ineludible del guión.
El guión cinematográfico cambia a medida que avanza la tecnología y a medida que cambian las sociedades y su cultura en relación con lo que quieren y pueden decir de sí mismas. Creo que vale la pena establecer que el primer avance significativo que inició la ola de la necesidad de escribir un guión fue la invención del cine sonoro. Los realizadores tuvieron que afrontar la irrupción del instrumento de comunicación más inteligente y más complejo del hombre: la palabra. Y como si fuera poco, el invento le abrió simultáneamente las puertas a la música. Ideas y sentimientos se hicieron brutalmente explícitos en la pantalla. Es particularmente conmovedora la historia de Luces de la ciudad, de Charles Chaplin, quien inició su filmación en 1929 y en el transcurso de su realización irrumpió el cine sonoro; al final del rodaje, Chaplin tuvo que incluir —sin el debido permiso— La violetera, una tonada del maestro José Padilla, para que en 1931 tuviera sonido y entrara así en aquella gran avalancha del mercado. «Como aves precursoras de primavera, en Madrid aparecen las violeteras...», dice premonitoriamente la canción. Las escenas del making-off de esta película, rescatadas por Kevin Brownlow en el documental Chaplin desconocido, muestran cómo Chaplin escribía el guión no con papel sino con película1.
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EL PÚBLICO QUIERE SINCERIDAD |
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Por Libia Stella Gómez
Artículo Publicado en la Revista Número 60 http://revistanumero.com/web/index.php?option=com_content&task=view&id=432&Itemid=39&catid=0
Es evidente que el cine colombiano tiene presente: ahora hay algo de dinero para seguir alimentando el sueño de hacer cine, antes «no había cama pa’ tanta gente».
Pero, precisamente, el hecho de que la visión siga siendo alimentar un sueño, es quizá la razón por la que debamos inquietarnos con respecto al futuro. Las subvenciones estatales derivadas de la Ley de Cine son lo que podría llamarse «la cuota inicial» para realizar una película, pero no son recursos suficientes, y la empresa privada todavía no ha volteado su mirada hacia este negocio, o por lo menos no en la cuantía que permita creer que estamos cimentando las bases de una industria. Y no se ha metido a fondo porque no es un negocio lucrativo; en eso, los empresarios son muy acertados: ¿por qué van a invertir su capital en un negocio que nos les da rendimiento?
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Por: LIBIA STELLA GOMEZ DÍAZ
Los derechos son reservados, el artículo está registrado en la Oficina de Derechos de Autor del Ministerio de Gobierno de Colombia. Se publica en esta página exclusivamente para fines educativos o investigativos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de la titular de los derechos, bajo las sanciones establecidas por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento y la distribución de ejemplares para fines lucrativos.
Este texto fue escrito a raíz de la lectura de LA RISA de Henri Bergson (Ed. Losada, Buenos Aires 1939).
Antes que hacer de esta exposición un breve resumen de la historia de la comedia cinematográfica, aspiro a analizar los mecanismos que suscitan lo cómico y que han sido utilizados por el cine para reírse del hombre y de su rigidez, del hombre y su fragilidad, de los vicios y defectos humanos, para ridiculizar la rigidez de la sociedad que lo circunda y frente a la que encuentra como mecanismo de escape la risa, para que el molde del que no puede liberarse no le resulte tan estrecho.
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A propósito del 9 de abril
Por: Alexandra Cardona Restrepo (Texto escrito y leído en el Concejo de Bogotá durante la conmemoración del “bogotazo” en 2008)
Contar una historia
Hace veinte años escribí una historia, un guión cinematográfico titulado Confesión a Laura, que filmamos íntegramente en la Habana, Cuba, en 1990. Allí en la Habana, por necesidades del guión, junto a Jaime Osorio, director de la película, reconstruimos la Bogotá del 48. Era imprescindible hacer esta reconstrucción porque el marco histórico de Confesión a Laura es el 9 de abril de 1948 y, específicamente, los sucesos que se desencadenaron a raíz del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.
La razón para escribir una película donde en menos de 24 horas tres personajes anónimos que se creen ajenos a los sucesos que sacudían al país, sufren la transformación más grande de sus vidas, fue pensar en cómo esa historia, la de creernos ajenos a todo cuanto ocurría en el país, era la misma que vivíamos a finales de los ochenta en Colombia.
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